6 septiembre 2020
XXIII Domingo de Tiempo Ordinario, año A
El pasaje de la Palabra de Dios de hoy (Mt 18, 15-20) es parte del cuarto discurso de Jesús del que habla el Evangelio de Mateo. Este discurso, como sabemos, se llama "eclesial" porque se refiere a la vida de la Iglesia, al estilo de la comunidad llamada a vivir el Evangelio, siguiendo las huellas de Cristo.
Antes de entrar de lleno en el pasaje, comencemos con algunos preliminares.
El discurso eclesial del capítulo dieciocho es el primero de los discursos que Jesús da después de anunciar el evento de la cruz a sus discípulos, como escuchamos los últimos domingos. Podríamos decir que se coloca entre estos anuncios, dos de los cuales (Mt 16,21; 17,22-23) lo preceden y uno lo sigue (Mt 20, 17-19).
Entonces podríamos decir que este cuarto discurso es válido para quienes viven el seguimiento del Señor Jesús y comparten su mismo estilo de amor, de libre entrega, de quienes pagan con su propia vida el precio de un amor hasta el final. Para los que están en este camino, para los que viven las bienaventuranzas Jesús propone un modelo de comunidad, una forma de vida común que refleja en sus diversos aspectos, la belleza de las relaciones en las que el otro es un hermano precioso al cual hay que entregarse.
La segunda observación nos viene de una mirada a este capítulo 18, que no comienza con el tema de la corrección fraterna.
La propuesta evangélica de Jesús para la comunidad de sus discípulos no nos lleva en primer lugar a reflexionar sobre cómo corregir a los demás, a los que están cerca de nosotros, sino que parte desde otra perspectiva, pues antes de la corrección, existen tres pasos.
El primer paso es dado por lo que Jesús pone al centro de la comunidad: un niño, que es lo más importante, lo más grande, no es el que está al frente ni el que tiene la responsabilidad sino el que más necesita, el pequeño (Mt 18, 2).
El segundo paso que precede a la corrección fraterna se refiere al escándalo (Mt 18, 6-7), y Jesús habla de él para afirmar que todos podemos ser potencialmente ocasión de escándalo para algunos de nuestros hermanos. No se trata de comenzar a mirar lo que falta en los demás sino lo que en nosotros necesita transformación y conversión.
Y el tercer paso importante es precisamente ese. Antes de hacer la corrección a los demás, hay que atreverse a tomar las riendas de la vida, ver qué falta, o qué hay de más: en los versículos 8-9 Jesús toma en consideración esas partes del cuerpo que son dobles en nosotros: pies, manos, ojos. Y te invita a cortar uno, cuando sea motivo de escándalo.
¿Qué significa eso?
Podríamos decir que ahí donde la duplicidad también se convierte en falsedad, entonces es necesario cortar, redescubrir la unificación del corazón y la vida.
Los únicos órganos "dobles" sobre los que Jesús no pide intervención son –de manera significativa- los oídos, tal vez porque la escucha necesita todo el potencial y disposición posible y es, precisamente a partir de la escucha de la Palabra, que se nos permite redescubrir esa unificación del corazón tan necesaria para vivir nuevas relaciones fraternales, para construir la comunión.
Quien está dividido en sí mismo, que tiene un corazón "doble", sólo puede crear división a su alrededor.
Los que tienen un corazón unificado, en cambio, sabrán sembrar la comunión.
Allí se sitúa la corrección fraterna, en este contexto: sólo quien ha sabido “cortar” algo de sí, sabe lo dolorosa que es esta operación y la sabrá hacer con ternura, con solicitud; y solo él podrá evitar perder a los hermanos que viven a su lado, precisamente porque habrá encontrado en sí mismo un espacio amplio y acogedor donde recibirlos, donde rezar por ellos, donde desatar poco a poco los nudos que el dolor y el miedo han formado en su vida, sin escandalizarse.
+ Pierbattista
