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Meditación de S.B. Mons. Pizzaballa : XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Año A

Meditación de S.B. Mons. Pizzaballa : XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Año A

XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Año A

Mt 14,22-33

 

El domingo pasado, fiesta de la Transfiguración, escuchamos un pasaje del Evangelio (Mt 17,1-9) que nos hablaba de una teofanía que tuvo lugar en una montaña, el Tabor.

También hoy, el Evangelio nos habla de una teofanía que tuvo lugar no ya en una montaña, sino en medio de un lago, el lago de Tiberíades (Mt 14, 22-33).

Más exactamente, la teofanía tiene lugar en medio de un lago tempestuoso: por tanto, ya no estamos en la cima silenciosa y tranquila de la montaña, donde Jesús había subido para encontrar, en paz, el espacio para el diálogo íntimo con el Padre, sino en medio de las olas amenazadoras del lago, agitado por un fuerte viento.

Allí se revela el Señor, y éste es un primer elemento importante, porque quizá todos necesitamos saber que Dios habita en nuestras tormentas, que Él se revela y viene a nosotros incluso en nuestros momentos más oscuros y difíciles. Hay una Palabra para nosotros, incluso allí, y este pasaje puede ayudarnos realmente a escuchar la Palabra del Señor escondida en la tormenta.

En medio del lago tempestuoso, los discípulos, solos, ven a Jesús que se acerca a ellos, pero no lo reconocen: piensan que es un fantasma (Mt 14,26) y por eso sienten un gran temor. El Evangelio no dice que los discípulos tuvieran miedo de la tempestad: lo que les asusta es esa presencia, que no saben reconocer ni definir, que sale de su experiencia de la realidad, que los supera.

Y eso les hace pensar en un fantasma.

¿Qué es un fantasma? Un fantasma es algo que ha estado vivo, pero que ya no lo está, y que se hace presente con su muerte. Alguien que tiene más contacto con el reino de los muertos que con el de los vivos, alguien que no tiene palabras y que, por tanto, da miedo.

En efecto, los discípulos tienen miedo y gritan (Mt 14,26), y Jesús calma su miedo simplemente hablando, como hace una madre para calmar los temores de un niño.

Jesús habla y dice dos cosas fundamentales.

En primer lugar, dice: "Soy yo". "Yo soy" es el nombre mismo de Dios, el nombre por el que Dios se reveló a Moisés (Ex 3). Lo que significa: Yo soy aquí, estoy aquí, contigo, soy la vida misma que se hace presente, que hace relación, que no abandona.

Donde los discípulos creen ver un fantasma, una no-vida, Jesús revela no sólo que está presente, sino que es el Presente, que es Dios mismo que se acerca a ellos: sólo esto puede salvarnos del miedo.

De hecho, la segunda palabra invita a los discípulos a no tener miedo: "Ánimo, soy yo, no tengáis miedo". Es interesante que hayamos escuchado esta misma palabra el domingo pasado, en la teofanía de la montaña. Al fin y al cabo, ésta es la síntesis de todo lo que Dios quiere decir al hombre: no tengáis miedo. No tengas miedo de mí, no tengas miedo de la tempestad, no tengas miedo de la muerte. Aquí estoy.

Cuando los discípulos escuchan la Palabra que les habla desde el fondo de la tempestad, entonces la tempestad deja de asustar, hasta el punto de que Pedro puede atreverse a pedir caminar sobre el mar, como está haciendo Jesús.

Y camina, sin miedo, sobre el mar tempestuoso, confiando en la Palabra que le ha dicho que Él está allí, que Él está presente. Sólo cuando la voz del viento es más fuerte que la voz de la Palabra, sólo entonces Pedro se hunde, y de nuevo grita y pide la salvación.

No es Jesús quien le pide a Pedro que camine sobre la tempestad, es Pedro quien lo hace. Jesús no nos pide lo imposible, no nos pide confianza para hacer cosas extraordinarias. Simplemente nos pide que le subamos a nuestra barca, que acojamos este "Yo soy" en nuestras vidas, porque sólo entonces cesa el viento y hay espacio para escuchar su Palabra eficaz.

Una última consideración: la invitación a no tener miedo vuelve al final del Evangelio de Mateo, cuando las mujeres van al sepulcro y se produce un gran terremoto. Un ángel desciende del cielo y hace rodar la piedra que cerraba el sepulcro, y también él dice: "No tengáis miedo" (Mt 28,5).

Aquí también estamos en medio de una gran tempestad, también aquí estamos en un momento de gran crisis: el "Yo soy" ha sido depositado en un sepulcro, y parece no tener más palabras para sus discípulos.

Pero no es así: el poder del mal no ha logrado silenciar la Palabra, que desde el abismo de la muerte vuelve victoriosa, como Palabra definitiva y cumplida. Ahora, después de que Jesús ha resucitado, después de que la muerte ha sido vencida, sí que es posible no dejar que nuestros diversos miedos determinen nuestras elecciones.

+ Pierbattista