19 de julio de 2026
XVI Domingo del Tiempo Ordinario, año A
Mt 13, 24-43
Nos puede ayudar a leer el pasaje del Evangelio de hoy (Mt 13,24-43) si damos un paso atrás al de la semana pasada (Mt 13,1-23).
La parábola de la cizaña que escuchamos hoy (Mt 13,24-30), de hecho, se sitúa en lógica sucesión después de la del sembrador. El domingo pasado escuchamos que el Padre habla a todos, como aquel sembrador que esparce su semilla sobre todo terreno: no calcula, no selecciona, no protege la semilla. Siembra por todas partes: en el camino, entre las piedras, entre los espinos, en la tierra buena: la suya es una economía de superabundancia, de confianza, de gratuidad. Este es, en realidad, el deseo de Dios, que la vida de todo hombre sea viva, fecunda y fructífera.
Pero para socavar este proyecto de Dios, su voluntad de hacer el bien para todos, se interpone un elemento perturbador, el mal. Hay un elemento que perturba y que hace surgir una pregunta que cada uno, tarde o temprano, en la vida se ve obligado a hacerse: qué hacer con el mal que vemos crecer dentro y alrededor de nosotros.
La parábola no se detiene a explicar el origen del mal. Lo presenta como un hecho. La pregunta que surge se refiere más bien a qué hacer con el mal, cómo vivir en un mundo donde el bien y el mal están mezclados. Veremos que hay un designio de Dios también para esto. Un plan que, de alguna manera, engloba también lo que parece obstaculizar el crecimiento del Reino.
La primera buena noticia es precisamente esta: el mal no es capaz de destruir el bien, y por lo tanto tenemos la certeza de que, al final de los tiempos, en la siega (Mt 13,30), tanto el bien como el mal estarán presentes. No habrá solo bien, pero tampoco habrá solo mal: habrán crecido juntos. «Dejad que crezcan juntos hasta la siega; y al tiempo de la siega diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla; pero el trigo, guardadlo en mi granero» (Mt. 13,30).
En primer lugar, la parábola dice qué no hacer. Dice que no se vence el mal arrancándolo de raíz («¿Quieres que vayamos a arrancarla? No, respondió, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis con ella también el trigo» - Mt. 13,28-29). Los siervos del amo, al ver la cizaña, están listos para ir al campo para arrancar todas las plantas de cizaña, y sería la solución más obvia: la solución más obvia y rápida es eliminar el mal, excluirlo de la comunidad, buscar un mundo donde el mal ya no exista.
Pero el amo del campo rechaza esta hipótesis con un claro "no", y pide que la cizaña crezca junto al trigo (Mt 13,29). El amo no extirpa el mal por la misma razón por la que el sembrador no siembra solo en tierra potencialmente buena, es decir, por ese misterioso obrar del Espíritu de Dios que puede sacar el bien del mal, que puede transformar la muerte en vida.
Sin embargo, la pregunta sigue siendo: ¿qué hacer, entonces? Una posible respuesta a esta pregunta proviene de la estructura misma de este pasaje, que, en cierto punto, parece desviar la atención hacia otro tema.
En la primera parte (Mt 13,24-30), encontramos la parábola del buen grano y la cizaña; en el centro el evangelista Mateo coloca otras dos parábolas, la del grano de mostaza y la de la levadura (Mt 13, 31-33). Y finalmente, después de un breve paréntesis en el que el narrador explica el porqué del uso del lenguaje parabólico por parte de Jesús (Mt 13,34-35), encontramos la explicación de la parábola de la cizaña.
La explicación de la parábola no se relata inmediatamente después de la parábola misma, porque Mateo quiere que el lector no se centre en el mal, sino que desplace su mirada hacia el misterio del Reino, hacia el grano que crece.
Y por eso lo hace pasar por dos imágenes de crecimiento: solo entonces se podrá comprender la parábola de la cizaña.
Y esto para decir simplemente que una forma de abordar la cuestión del mal es desviar la mirada. Para ver lo que nos enseñan el grano de mostaza y la levadura en la masa. Que el Reino crece más allá de toda medida, como la mostaza, y que el Reino crece por dentro, invisiblemente, y lo transforma todo, como la levadura.
La parábola de la cizaña es "abrazada" por dos parábolas de crecimiento, y esto significa que la clave para leer la cizaña no es la cizaña, sino el crecimiento del Reino. Todo esto nos libera de una tentación recurrente, la de centrarnos en el mal, y nos pide cambiar de perspectiva, así como el domingo pasado el Evangelio nos había pedido que desviáramos nuestra atención de la buena tierra a la bondad del sembrador y a la fuerza de la semilla.
Todas estas parábolas hablan del Reino de Dios. Y, al final, todas nos dicen, de diferentes maneras, que el Reino llega cuando nos convertimos a la lógica de Dios, quien emplea todos los medios para asegurar que la vida de cada hombre crezca, se vuelva buena y dé fruto.
+Pierbattista
*Traducido del italiano

